lunes, noviembre 29, 2010

Política Fiscal Saludable: G-20, la crisis y el crecimiento.


(Artículo publicado en sección Empresas & Economía de El Mercurio de Valparaíso, 3 de Julio de 2010).
La semana pasada se llevó a cabo la reunión de países del G-20 en un contexto donde la recuperación, tras la crisis financiera internacional, es aún frágil y desigual alrededor del mundo. Este grupo de países que reúne a las economías más desarrolladas y economías emergentes, como Brasil y Argentina, se constituyó tras la crisis asiática a fines de la década de los noventas.

En el reciente encuentro en Toronto, la política fiscal fue un tema central de debate. Por un lado, la crisis financiera necesitó de la intervención fiscal rápida y decidida para reducir los efectos negativos, generando déficits fiscales de magnitud. Por otro lado, ha quedado de manifiesto la delicada situación fiscal de muchos países, siendo el caso griego el que se ha revelado con mayor crudeza, imponiendo la urgencia de reformas fiscales a través de la reducción del gasto social y elevar los impuestos. Similares anuncios han sido hechos en países como España e Inglaterra.

Un ajuste violento de la política fiscal puede debilitar los signos de recuperación de las economías tras la fuerte contracción de la actividad económica mundial en 2008 y parte de 2009, ante lo cual las voces son de precaución. La reducción del gasto y aumento de impuestos debería ser dentro de un proceso gradual que no desestabilice la evolución de la economía.

Sin embargo, el tamaño de la intervención fiscal realizada para algunos países no es sostenible y han desnudado desequilibrios estructurales de algunos gobiernos, los cuales permanentemente tienen déficit fiscal, y como consecuencia han estado acumulando deuda fiscal y hoy se ven en un panorama de dificultades para acceder al financiamiento para mantener el déficit, dado el tamaño de la deuda actual y el peso que esto significa para las futuras generaciones.

Adicionalmente, el persistente déficit fiscal genera una serie de efectos que repercuten negativamente en el crecimiento económico del país, y con esto poder reducir las altas tasas de desempleo heredadas de la crisis financiera y también combatir de manera más efectiva la pobreza. Los efectos negativos del déficit se canalizan, por un lado a través del impacto en el ahorro nacional, el cual disminuye, presionando al alza la tasa de interés, con lo cual la inversión, la cual corresponde al gasto en bienes de capital, se ve reducida, limitando la futura capacidad productiva del país. Por otro lado, el déficit genera un flujo de capitales desde el exterior, provocando la apreciación de la moneda local reduciendo la competitividad del sector exportador. Con el desincentivo sobre la inversión y las exportaciones se limitan seriamente las posibilidades de crecimiento de las economías, problema que principalmente están enfrentando Estados Unidos y países europeos.

El escenario descrito lleva a que la adecuación de las cuentas fiscales deba ser consistente con la situación que el país enfrenta. La más compleja es la de los países que con un déficit sustancial no tienen acceso a financiamiento. En estos países el ajuste será imposible de aplazar, con los complejos costos sociales y políticos que la situación genera. La situación chilena es sólida, el esfuerzo realizado en años anteriores a través de una política fiscal responsable ha permitido reaccionar rápidamente para enfrentar la crisis en 2009 y ahora se cuentan con distintas alternativas para enfrentar los gastos que implica la reconstrucción luego del terremoto, panorama muy distinto a lo que se observa en Estados Unidos y Europa, pero nos debe llevar a evaluar periódicamente la forma en que la política fiscal está siendo conducida.

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